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miércoles, 19 de mayo de 2010

LA DILIGENCIA - The Stagecoach (1939) de John Ford


LAS HUELLAS DEL OESTE

Maximiliano Curcio

Seria injusto decir que La Diligencia (Stagecoach, 1939) inauguró el género western. Por otra parte no seria cierto y estaríamos olvidando otras producciones que forman parte de la historia del género. Sucede que La Diligencia es la primera gran película de westerns y con este film John Ford sentó las bases y tradicionalismos que caracterizarían al género por mucho año combinando suspenso, acción, drama y situaciones humorísticas en medio de personajes bien delineados y con una historia que para amantes del género lo tiene todo. El género del western había plantado su semilla inaugural con Asalto y Robo a un Tren (The Great Train Robbery, 1903), considerada la primera película ficcional de Hollywood. Años más tarde El Caballo de Hierro (The Iron Horse, 1924) de John Ford seria una suerte de western fundacional en cuanto a sus códigos de género más evolucionados e innovadores.

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martes, 9 de marzo de 2010

HISTORIA DEL WESTERN


EL GÉNERO CLÁSICO AMERICANO
POR EXCELENCIA

Maximiliano Curcio

El western es, sin lugar a dudas, el género clásico americano por excelencia y su marco histórico se sitúa en el Oeste Norteamericano del siglo XIX, con todas las connotaciones humanas, sociales y políticas de la época. Como género, su esplendor se ha mantenido a lo largo de la Edad de Oro del cine, pero su prominencia como tal ha decaído desde fines de la década de los ’70, si bien ha logrado en la década de los ’90 un reconocido, pero fugaz resurgir. El Western es el género que probablemente mejor defina a la industria cinematográfica de los Estados Unidos y con nostalgia se adentra en los años de expansión de la civilización por sobre las fronteras de los nativos en la conquista del territorio virgen. Las películas de este género se desarrollan en los estados del Oste norteamericano durante el periodo que abarca desde el comienzo de la Guerra Civil en 1860 hasta el final de las llamadas Guerras Indias en 1890, sin embargo, este periodo cronológico presenta sus alternativas. Algunos westerns incorporan la Guerra Civil, un conflicto esencialmente ligado al este del Río Mississippi, e incluso han cruzado la frontera norteamericana, frecuentemente en México.

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martes, 13 de octubre de 2009

EL EFECTO RASHOMON (5/8)


EL EFECTO RASHOMON

Julio C. Piñeiro


IV. Desorden temporal: el montaje a escena.

A. Memento: la memoria que no queremos.

En esta película, realizada por el joven Christopher Nolan, hallamos la mayor revolución narrativa con toda seguridad del cine del siglo XXI. ¿Por qué? Porque se trata, al menos a nivel comercial, de la primera película, que, grosso modo, empieza con el final y termina con el principio.

Nos cuenta la historia de Leonard Shelby (Guy Pearce), un hombre que, después de un incidente en el que su mujer es asesinada, desarrolla una deficiencia en la memoria, que no le permite memorizar a medio plazo todo lo ocurrido después de aquel incidente. No puede recordar lo que acaba de vivir más allá de algunos minutos, tras los que su memoria se borra, se “resetea”. Por tanto, en el transcurso de su investigación sobre el asesinato de su mujer, cada vez que descubre algo lo debe recordar a través de las fotos que toma, con sus respectivos pies, o los tatuajes en su propia piel. A medida que avanza, va construyendo un puzzle, a través de ver y rever los tatuajes y las fotos, pero que no termina de ser coherente y nunca llega al final, porque siempre falta algo.

No es del todo una cinta que se rebobina continuamente, ya que los flashbacks del tiempo precedente al incidente (las imágenes en blanco y negro), su memoria "permanente", no borrada, funciona en sentido lineal, aunque fragmentada en piezas cortas, alternándose con la vida actual de Leonard, aquella "a color", pero sucediéndose, como ya he dicho, en orden lineal. En dichas imágenes vemos como Leonard, agente de seguros, interroga numerosas veces a Sammy Jankins (Stephen Tobolowsky), un hombre sospechoso de estafar a la compañía para la que Leonard trabaja. Reparamos en que este hombre parece recordar cada vez menos, como si tuviese el mismo problema que el protagonista. También se muestran escenas privadas de Jankins, que deberían por lógica estar fuera del punto de vista de Leonard, pero aparecen en sus flashbacks.

En uno de los últimos flashbacks en blanco y negro, vemos a la mujer de Jankins (Harriet Sansom-Harris), que, sospechosa de que está fingiendo todo, le pide una y otra vez que le pinche su inyección diaria, y él, en efecto, lo hace todas las veces. De esta manera, su mujer muere de sobredosis. Descubrimos entonces que este Sammy Jankins es de hecho un alter ego de Leonard Shelby, precisamente por eso aparece en sus flashbacks (reafirmándose así el concepto de punto de vista), que su mujer (Jorja Fox) no murió en el incidente, sino después, cuando "Memoria Volátil" Leonard le pincha, "inconscientemente", la inyección una y otra vez: de hecho, vemos luego la misma secuencia de las inyecciones, pero con ellos dos.

Nos damos cuenta de que todos los demás personajes (sobre todo, Teddy [Joe Pantoliano] y Natalie [Carrie-Anne Moss]) sólo se aprovechaban de su problema, pero además, comprendemos la moraleja de la película: la memoria es selectiva, recordamos sólo lo que queremos, pese a que esta selección/manipulación la haga el subconsciente, auténtico portador y expresivo del deseo. Leonard, o mejor dicho, su subconsciente, confundió la historia de Sammy Jankins con la suya propia, buscando de esta manera una especie de redención inconsciente.

Vemos que esta película-puzzle alcanza finalmente a su sentido y sitúa el final del film en su inicio teórico, es decir, el principio de la parte a color. Dentro de poco, el efecto Rashomon será conocido como efecto Memento.


B. Reservoir dogs & Kill Bill: Tarantino's way.

Quentin Tarantino es seguramente el más importante cineasta-reciclador, aquel que coge todas sus referencias cinematográficas, sobre todo de la serie B hacia abajo, el mundo de las revistas pulp, las series televisivas de segunda categoría y, obviamente, sus aportaciones personales, y prepara un cóctel cinéfilo admirado internacionalmente.

Podría estar una semana entera hablando de la obra de Tarantino, pero me centraré exclusivamente en los modos en que ha utilizado el efecto Rashomon.

1. Reservoir dogs: bandidos a colores.

Una de las obras más revolucionarias de los noventa, además de una de las películas de culto más concurridas: estamos hablando de Reservoir Dogs, film rodado en 1992 con un presupuesto bastante bajo. El director juega con el tiempo como quiere, empezando en el medio y moviéndose hacia delante y hacia atrás como le plazca, sacrificando la continuidad temporal a favor de la narración deseada.

En la secuencia inicial tenemos a un grupo de bandidos bastante peculiares en una cafetería, antes de realizar un atraco, hablando de temas tan banales como el significado de Like a Virgin o la conveniencia o no de dar propina. Después de los créditos, la película se traslada adelante, después del fallido atraco, y descubrimos que hay un traidor. Seguidamente, vemos el momento en que se conocen todos, cuando proyectan el robo y se identifican con un código de colores. Y así sucesivamente. Toda la película va adelante y atrás hasta el final, que coincide con el mismo final de la línea narrativa, en un dispendio de sangre, humor negro y diálogos muy originales.



2. Kill Bill: kung fu spaghetti-western.

Por el contrario, el principio organizador de Kill Bill (I y II), en dos volúmenes, además del tema de la venganza, es la hibridación de géneros. Tarantino realiza una película (aunque haya dos partes, constituyen un único todo) en la que, mediante la idea de la vendetta, una línea argumental bastante simple pero suficiente, mezcla los géneros de acción: kung-fu, samurai, yakuza, anime, spaghetti-western o series policíacas, con toques de otros géneros no de acción, como el giallo o los thrillers de Brian de Palma.

Cuenta, como he dicho, la historia de una venganza, de una mujer embarazada que recibe una brutal paliza el día de su boda. Su prometido, los invitados, el cura y su mujer y el pianista mueren en el ataque: sólo sobrevive ella. Cuando se despierta, después de algunos años en coma, y recupera sus facultades, procede a la venganza total, empezando por los esbirros y acabando por Bill, el jefe, el que aparece en el título.

Al estilo de Reservoir dogs, mientras el film avanza, descubrimos cada vez más datos que al final conforman un relato coherente: la novia (Uma Thurman) era una asesina profesional, quizás la más sanguinaria jamás conocida, y además era la preferida de Bill (David Carradine), su jefe. Tras descubrir que estaba embarazada de éste, decide renunciar a su carrera de asesina y empezar una nueva vida en la América de provincias. En cuanto Bill lo sabe, procede a matarla, aunque finalmente se carga a todos menos a ella. Cuando la Mamba Negra, nombre "artístico" de la protagonista, llega a su destino final, esto es, al duelo con Bill, descubre que su hija no está muerta, sino que Bill la rescató y adoptó. Con profundo dolor, Beatrix (su nombre real) culmina su vendetta.

La distribución en dos volúmenes responde a dos principios: en primer lugar, el de preguntas y respuestas, respectivamente, ya que, mientras el primero se centra más en el divertimento y el goce visceral, es en el segundo donde se revela la mayoría de la trama (de hecho, no se escucha el nombre de la protagonista hasta el volumen II, porque en el I se tapaba con silbidos siempre que se pronunciaba). En segundo lugar, los géneros: notamos que el primero toma forma de película de acción oriental, de todos los estilos, mientras que el segundo es más bien un spaghetti-western.

En resumen, el efecto Rashomon se pone aquí a disposición de los caprichos cinéfilos del director, de la realización de un divertimento estilístico.

La próxima entrega tratará sobre el film que la mayoría tiene en mente al oír “discontinuidad temporal”: Pulp fiction.

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lunes, 5 de octubre de 2009

EL EFECTO RASHOMON (4/8)


EL EFECTO RASHOMON

Julio C. Piñeiro


III. Un mismo objeto en manos de distintos personajes: las dos caras de la fortuna.

A. Winchester '73: el arma maldita.

Esta película, dirigida en 1950 por el clásico Anthony Mann con su estrella favorita, James Stewart, no obedece a una discontinuidad narrativa especialmente radical (no existía todavía Rashomon), pero en cambio, creó precedente para obras posteriores.

El principio organizador de la película es el arma que le da título. Pasa por distintas manos y todos los que la poseen sufren un destino trágico. Aparece por primera vez cuando Lin McAdam (Stewart) y el bandido Dutch Henry, a quien el primero persigue pero no puede arrestar a causa de las leyes locales, llegan a la final de un campeonato de tiro. Lin gana el premio, un fusil Winchester del '73, pero Dutch se lo roba.

Luego, Dutch lo intercambia con un comerciante, que se dedica a vender las armas a una tribu india. Pero cuando el jefe pone los ojos en el Winchester y el comerciante se niega a vendérselo, el primero lo mata.

La siguiente mano en tener el fusil es Steve Miller, miembro de la banda de Dutch. A Lola (Shelley Winters), su novia, no le gusta nada que lleve esa arma, que le produce malos presagios. Luego resulta que el bandido Waco desea el fusil, por tanto provoca a Miller delante de Lola, hasta que se empiezan a pelear; pero Waco, mucho más experto, se lo carga. Cuando Dutch se da cuenta de que este último tiene el arma, se la arrebata de nuevo: es su fusil, sólo suyo.

Dutch organiza un atraco a un banco, pero fracasa. Lin lo atrapa y lo conduce a las montañas, donde lo mata. Entonces descubrimos que ellos dos son hermanos y que Dutch había matado al padre de ambos. Finalmente, Lin se marcha con Lola.

Esta película pertenece al hipertexto del western clásico. El bueno acaba por matar al malo y llevarse a la chica. Pero la diferencia aquí es que el destino no viene marcado únicamente por los conceptos de bondad y maldad, sino también por un objeto maldito.


B. Babel: incomunicación internacional.

El tercer y último film de la trilogía de Iñárritu y Arriaga, se sirve del mecanismo iniciado por Winchester '73: se trata también de un fusil, pero aquí funciona simplemente como un nexo de unión entre las diferentes historias.

En este caso, lo que realmente conecta las historias son sus temáticas en común: la incomunicación (expresada ya en el título), el choque de diferentes culturas, la fuerza del destino y la redención. Estas tramas están tan mezcladas y cruzadas que resulta imposible ordenarlas cronológicamente con total exactitud.

Empiezo por la historia del matrimonio estadounidense (Brad Pitt y Cate Blanchett) que se encuentra de vacaciones en Marruecos. Se aprecia claramente que están sumergidos en una crisis matrimonial, que siguen hablando pero ya no se comunican. Durante un desplazamiento en autobús, la mujer recibe un disparo en el cuello. El marido se da cuenta entonces de que aquel país está bastante más atrasado, la sanidad, por mucho que paguen, es muy precaria, no es Estados Unidos. Él hace todo lo que puede, intenta poner a todos a su disposición, sabiendo a posteriori que no es posible. Finalmente, llegan a un hospital donde la ponen a salvo.

Mientras tanto, sus hijos se quedan en casa, a cuidado de la habitual niñera (Adriana Barraza), inmigrante ilegal mejicana pero desde hace mucho trabajando en EE.UU. Ella los acaba llevando a México, a la boda de su hijo, ya que no encontró a nadie que se hiciese cargo de ellos durante aquellos días. Allí en la boda, todos se lo pasan fenomenal, incluidos los niños estadounidenses, que pese a encontrarse en un ambiente muy diferente al suyo, se divierten mucho. El problema llega a la vuelta, cuando se disponen a cruzar la frontera. Los lleva su sobrino (Gael García Bernal), que conduce un poco ebrio. Entonces, cuando nota que van a tener problemas, arranca de golpe el coche. Deja salir a su tía y a los niños para que huyan, pese a ser noche cerrada. El problema es que se encuentran en pleno desierto, llega el día y hace un calor terrible. La niñera va en busca de ayuda, dejando a los niños junto a un arbusto. Vuelve más tarde sin haber encontrado nada, pero entonces no los encuentra allí. Finalmente, la policía la detiene, le comunica que los niños están a salvo, que sus padres lo saben todo, pero no la van a denunciar, y que ella será definitivamente deportada.

Volvemos a Marruecos, pero un poco más arriba, en la montaña. Allí se encuentran dos hermanos, hijos de un pastor, que juegan con un fusil recién comprado por su padre. Uno de sus disparos es el que alcanza a la turista americana. Enseguida se dan cuenta de la que han liado y vuelven a casa, pero después la policía los busca. Cuando finalmente los encuentran, ellos intentan huir y a uno de ellos muere en el tiroteo.

Por otra parte, en Japón, nos encontramos con la historia de una adolescente sordomuda (Rinko Kikuchi, nominada al Oscar por su desgarrador trabajo) y su padre, cuya única conexión con las demás es que este último fue quien vendió el fusil al pastor marroquí. En este episodio, el tema de la incomunicación alcanza su máxima expresión con la minusvalía de la hija, que trata sólo con chicas que padecen el mismo problema. Su madre murió recientemente y esto se nota en la relación más fría que tiene con su padre. Pero su mayor problema es el sexual: no consigue tener su prima experiencia, debido obviamente a su impedimento. De esta manera, se ofrece sexualmente a hombres adultos, primero al dentista, que la rechaza de golpe, y después al detective que aparece en su casa para indagar el caso del fusil, a quien se le presenta completamente desnuda después de un rato, y rompe a llorar tras ser de nuevo rechazada. La trama concluye con un abrazo en el balcón de los dos protagonistas, quienes se apoyan emocionalmente de manera recíproca.

Notamos como en este caso, el particular efecto Rashomon se vuelve banal, siendo utilizado casi exclusivamente para enlazar las distintas historias, unidas en sentido conceptual y temático, pero que también necesitan un nexo físico-narrativo.


En el próximo capítulo, pasaremos por fin a las películas con una línea temporal discontinua, donde el montaje es más clave que nunca.

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sábado, 28 de febrero de 2009

APPALOOSA - Ed Harris (2008)



AUNQUE LO DEN POR MUERTO

por Javier Heras


El Oeste no es el mejor lugar para reír. Los desiertos fronterizos habitados por tipos duros parecen más propicios para sentimientos como la venganza o el amor soterrado. Pero la carcajada no suele surgir -excepto en El tesoro de Sierra Madre (1948)- cuando la muerte acecha a cada paso.

Por eso, la aportación más reseñable de la segunda película tras la cámara de Ed Harris es su mirada socarrona. Los instantes de humor, tiernos y espontáneos como los de La balada de Cable Hogue (1970), revelan un enorme cariño hacia los protagonistas a la vez que un cierto distanciamiento cómico. Y eso que la trama no se presta mucho a ello: más bien, invitaría a reflexionar sobre la discutible moral de dos mercenarios con placa de sheriff que aplican la justicia allí donde hace falta... para que no gobiernen los bandoleros.

Como suele suceder en un género con tantos códigos como el western, Appaloosa produce una sensación de déjà vu, tanto por sus personajes (pistoleros con corazón, prostitutas comprensivas) como por sus temas (la amistad, la integridad). Por si fuera poco, la cojera del marshal remite a El Dorado (1966); y su postura -tumbado en la silla del porche-, al inolvidable plano de Pasión de los fuertes (1946). O sea: a Howard Hawks y John Ford. Casi ná.

De los dos maestros (y también de Sergio Leone) ha bebido un realizador que, en vez de mostrar pretensiones renovadoras, concentra sus esfuerzos en cuidar al máximo cada encuadre (la composición, la puesta en escena) y sobre todo en describir los matices de la amistad entre los dos hombres: su confianza, su lealtad, su admiración mutua. Si lo consigue es gracias a la interpretación de Viggo Mortensen y el propio Harris, un artista total que, además, produce, co-escribe el guión y hasta se cuela en la banda sonora.

El resto del reparto, empezando por Jeremy Irons, da la talla. Con una salvedad: la insufrible Renée Zellweger. Resulta ofensivo verla descender de un tren en el que, en un pasado mejor, pudo viajar Claudia Cardinale.

A pesar de ella -y de una narración que a veces discurre a trompicones-, Appaloosa demuestra que el cine del Oeste está muy vivo. Puede que  pase de moda, pero nunca pierde su encanto. Como el rock de siempre, encarnado en el canoso Tom Petty (que canta en los títulos de crédito), el western es un viejo amigo que sigue en pie aunque muchos lo den por muerto.

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