lunes, 7 de diciembre de 2009

¿TELÉFONO ROJO?, VOLAMOS HACIA MOSCÚ - Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964) de Stanley Kubrick


UN CAOS MINICIOSO

Eloy Domínguez Serén

Además de su pasión por el cine, Stanley Kubrick tenía otra conocida obsesión: el ajedrez. Durante las pausas de los rodajes, el cineasta desafiaba a todo aquel que estuviese dispuesto a plantarle cara. Probablemente, muchos de los conflictos que surgen a lo largo de un rodaje fueron, en el caso de Kubrick, resueltos ante un tablero. Tal vez incluso el mismo tablero que a menudo situaba ante cámara como parte de un decorado.
Para Kubrick, el ajedrez era una representación abstracta de la guerra, un tema capital en la filmografía del cineasta y, tal vez, el que más le intrigó e inspiró. Si Kubrick planteaba cada partida como una batalla, lo mismo ocurría en cuanto a sus rodajes, donde planificaba exhaustivamente hasta el más mínimo detalle a fin de vencer todos y cada uno de los intensos mano a mano que el director tenía con productores, distribuidores, actores o miembros del equipo técnico en general.

Los mejores ajedrecistas son aquellos que saben desarrollar una estrategia tanto a corto, medio, o largo plazo y saben anticiparse a cada uno de los movimientos de su rival. La filmografía de Kubrick nos habla de un artista minucioso, un visionario inconformista, pero, ante todo, un hábil estratega. Así, extrapolaba su control total sobre el tablero a las diferentes fases de la producción de un film, obteniendo resultados indiscutiblemente impecables.
Sin embargo, en el caso de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb, 1964), tengo la sensación de que el director que una década más tarde filmaría la portentosa Barry Lyndon (1975) hubiese arrojado por la ventana sus reyes, reinas, alfiles, caballos, torres y peones para sustituirlos por damas. El tablero puede ser el mismo, por qué no, pero en esta ocasión el consumado ajedrecista se enfrenta a un juego disfrazado de elegancia, pero más liviano y ligero y menos exigente.

¿Teléfono rojo?... no me convenció la primera vez que la vi y, prudentemente, le he concedido una segunda oportunidad, más motivado por el remordimiento que por un interés real. Pues bien, años más tarde puedo reafirmarme en mi convicción de que la adaptación (más que) libre que Kubrick hace de la novela antibelicista Two hours to doom es una mancha en un currículum intachable.
Analizado desde una cierta perspectiva histórica, el film pierde cualquier tipo de pretensión crítica o reflexiva, para quedar relegada a una astuta y satírica canallada sobrevalorada. Más que una parodia corrosiva, ¿Teléfono rojo?... parece la travesura de un niño con ganas de incomodar a sus profesores.
Si las intenciones de la película son explícitas desde la primera secuencia, el mensaje de la misma resulta más controvertido. Se habla de esta cinta como un ejercicio antibelicista, pero no es la guerra lo que se parodia o critica, sino la esquizofrenia de los ineptos paranoicos que tienen el poder de iniciarlas. A pesar de lo ingeniosa que pueda llegar a ser la tesis de que un único hombre con suficiente poder y demencia podría desencadenar el la destrucción del mundo, la creo desarrollada desde un punto de vista simplista.
Me explico. Kubrick focaliza principalmente su crítica ironía en la enajenación y estupidez de las fuerzas del Estado Mayor para denunciar el peligro que conllevaría la falta de responsabilidad de nuestros militares y políticos. Sin embargo, si se me permite esta injuria, si yo fuese el señor Kubrick y quisiese hacer una “comedia de pesadilla” (como él mismo la ha definido) con aspiraciones críticas y reivindicativas, habría atacado a la irracionalidad y falta de coordinación de las fuerzas armadas y el poder ejecutivo.

Prueba de ello es el acierto en la configuración del que considero el mejor personaje de la cinta, el general Turdgidson (George C. Scott), cuyas consignas anticomunistas impulsivas y faltas de argumentación nos recuerdan a quien aún en nuestros días afirma temer a los gitanos porque “no son gente de fiar” o a quien no duda de culpar de los males endémicos de una nación a quien “viene a nuestro país a delinquir”. Me gusta la ironía, la absurdez (no estoy seguro de que esta palabra exista) y el disparate, pero en temas tan serios como la Guerra Fría prefiero que la irracionalidad, el fanatismo y la ineptitud se caigan por su propio peso.
Antes hablaba de atacar a la falta de coordinación entre poder militar y ejecutivo. Pues bien, esta denuncia también está presente en ¿Teléfono Rojo?... y, de nuevo, creo que da pie a otro de los mejores momentos de la cinta. En este caso me refiero a la hilarante escena en la que el Presidente Merkin Muffly (Peter Sellers) explica por teléfono a su homólogo soviético Dimitri que van a ser atacados por la aviación norteamericana. Esta situación es generada debido a la imposibilidad de comunicación entre la sala de operaciones del Pentágono y el general Jack D. Ripper (vaya nombre), artífice del ataque contra los soviéticos. En este caso lo grotesco y lo absurdo sirven inteligentemente a esa denuncia a la falta de coordinación entre dos instituciones que debieran ser especialmente eficaces en dicho aspecto.
Esta denuncia también está presente en un film reciente con muchos puntos en común con ¿Teléfono Rojo?…, la deliciosa comedia Quemar después de leer (Burn after reading, Joel Coen & Ethan Coen, 2008), en la que se parodia con mucho tino a los mal llamados Servicios de Inteligencia americanos. Según mi punto de vista, también en la película de los hermanos Coen los momentos de mayor brillantez son aquellas escenas en las que el jefe de la CIA interpretado J.K. Simmons es informado, en diferentes momentos de la narración, acerca de la evolución de los acontecimientos. Una vez más se pone de manifiesto el caos que puede generar una comunicación y coordinación deficiente.

Ya que me he referido a los dos intérpretes protagonistas, pasaré ahora a valorar su actuaciones. Peter Sellers ha sido alabado por su triple interpretación en esta cinta. Sin embargo, el único mérito que merece su participación es, según mi punto de vista, precisamente el hecho de haber encarnado a tres personajes diferentes (el propio Muffly, el capitán Mandrake y el doctor Stangelove) en una misma película, ninguno de ellos especialmente brillante, ni siquiera el excéntrico científico neonazi que da nombre al título original del film. Por el contrario, George C. Scott está soberbio como el general Buck Turdgidson, un irascible anticomunista patológico. Literalmente, Scott se come a Sellers en las escenas en que ambos comparten protagonismo.
Poco me interesan otros aspectos a menudo elogiados del film, como la componente “documental” derivada de una amplísima investigación por parte del propio Kubrick, la precisa reconstrucción del interior de los aviones de guerra o el más bien anecdótico juego de palabras y dobles sentidos de los nombres de los personajes, que enfatizan el patetismo de los mismos.
Sí me han impactado, sin embargo, los decorados que Ken Adam creó en los estudios ingleses de Shepperton, especialmente la Sala de Guerra del Pentágono, elegante, lúgubre, funcional, visualmente potente.
Por lo tanto, y a pesar de algunos aciertos notables, ¿Teléfono rojo?... es una obra sin vigencia, obsoleta desde el punto de vista de crítica política, a la que le falta mordiente. A diferencia de la mayoría de los films de su autor, ¿Teléfono Rojo?... ha envejecido mal y no ha resistido el paso de los años. Para un cineasta como Stanley Kubrick, al que siempre exigiremos la perfección, esta cinta no pasa de ser una amena partida de damas.


Título original: Dr. Strangelove, or how I learned to stop worrying and love the bomb
Dirección: Stanley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick, Ferry Southern & Peter George, a partir de la novela Two hours to doom, de Peter George.
Director de fotografía: Gilbert Taylor
Montaje: Anthony Harvey
Decorados: Ken Adam
Dirección artística: Peter Murton
Productor: Stanley Kubrick
Reparto: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, Peter Bull, James Earl Jones, Keenan Gin
Duración: 93 minutos

1 comentario:

A. dijo...

Está claro que la incomunicación o una deficiente comunicación pueden crearnos incluso pequeños conflictos en el día a día. Esos malentendidos que, fuera de una guerra fría, no tienen muchas complicaciones.

Hace tiempo que vi Teléfono Rojo... pero la sensación de ineptitud no la había olvidado, por supuesto. La verdad es que a mí me convenció la primera (y última hasta ahora) vez que la vi, pero es cierto que la sensación de antibelicista queda empañada por la falta de coordinación con Ripper (te doy toda la razón en comerse a Sellers).

Ya que mencionas Quemar después de leer, te diré que con las paranoias del personaje de Clooney y la película que se montan los de Pitt y McDormand también me reí de lo lindo.

Un saludo.