viernes, 8 de octubre de 2010

SITGES 2010 - 43 FESTIVAL DE CINEMA FANTÀSTIC DE CATALUNYA (I)


DIARIO ZOMBI DE UN GALLEGO EN SITGES

Eloy Domínguez Serén

DÍAS I y II: UN ACUERDO TÁCITO (08/10/10)

Todo cinéfilo debe peregrinar a Sitges al menos una vez en la vida, independientemente del grado de devoción que sienta por el cine fantástico. De hecho, ¿qué es el cine fantástico? En los dos días que llevo en el festival he podido ver siete películas y ninguna de ellas se parecían entre sí. Es más, en siete película no he visto ni un sólo zombi, ni un vampiro, ni un alienígena... Tampoco hombres lobo, astronautas, monstruos horripilantes ni espectros. Y, sin embargo, sí, estoy en Sitges, en la 43ª edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya.
Tal vez la mayor virtud del cine fantástico (sea lo que sea) es su invitación a rehusar cualquier tipo de prejuicio, alerta, reserva o sospecha. Lo que vas a ver no es real, ni pretende serlo, ni tan siquiera (en la mayoría de los casos) parecerlo. Esta premisa hace que te acomodes en tu butaca con el interruptor de la verosimilitud en posición de off, dispuesto a asimilar lo que te echen al cuerpo (y mente).

Puede gustarte o no lo que ves, parecerte bien o mal, pero al entrar en la sala firmas un acuerdo tácito con el film: todo vale. Eso no significa que no puedas estar en desacuerdo con la película, rechazarla o incluso ignorarla. Simplemente quiere decir que todo está permitido. La única regla es que no hay reglas. Sólo a través de este acuerdo podrían aceptarse films como Kaboom, de Gregg Araki, Confessions, de Tetsuya Nakashima o The door, de Anno Saul, por citar sólo tres de las cintas que he visto hasta ahora. ¡Bienvenidos a Sitges, amigos!
He esperado hasta el segundo día de festival para escribir porque la dosis de de ayer había sido insuficiente. Bastante leve, demasiado light. Esta edición me dio la bienvenida con Los ojos de Julia, la cinta seleccionada para la gala de inauguración. Yo ya había tenido suficiente con la gala del año pasado, Así que en esta ocasión opté por eludirla y acudir directamente al pase de prensa. Tal vez haya sido un error, ya que puede que al menos la ceremonia me habría entretenido, algo que no hizo la película de Guillem Morales. El único aliciente y alivio que hallé en esta insípida tentativa de 'giallo' fue el gran trabajo de fotografía de Óscar Faura, sobre el que focalicé toda mi atención tras perder todo interés en una historia tediosa, torpe y endeble, a la que se le ven todas las costuras. Pondré un ejemplo: no una, ni dos, ni tres, sino al menos en cuatro ocasiones el personaje de Lluís Homar deja sola a su esposa (Belén Rueda) con algún brillante pretexto como ir al baño, ir a aparcar el coche o ir a por una linterna. Estos momentos, por supuesto, son precisa y debidamente aprovechados por el tenebroso asesino o por cualquier otro lúgubre personaje para acechar a la desvalida Julia (Rueda), a la que una galopante enfermedad degenerativa va quitando progresivamente la visión. Evidentemente, como el marido está ocupado en sus indispensables quehaceres no hay testigos, por lo que nadie cree a la pobre Julia (ni a sus ojos, claro).
Menos mal que tras este fiasco mis huesos fueron a parar a la proyección de Kaboom, una de esas atípicas extravagancias de las que comienzas a disfrutar cuando ya se han pasado de rosca. Durante un buen rato no puedes borrarte la expresión de “what the fuck?!” del rostro, mientras te preguntas si lo que ven tus ojos es una película o una broma pesada. Sin embargo, el caótico disparate que tienes delante logra seducirte y acabas por pasártelo en grande.
Tras una estilizada secuencia onírica premonitoria, la película de Gregg Araki (director de culto del queer cinema) comienza como una especie de fusión freaky-glam de Queer as folk, Porkys y Mentiras y gordas.Adolescentes divinos experimentando una sexualidad en ebullición en tonos pastel. La cosa comienza a ponerse inquietante cuando una especie de bruja sexy con extraño acento provoca un orgasmo a su pareja lesbiana sin apenas tocarla.
A partir de ese momento se suceden las delirantes chifladuras, idas de ollas y pajas mentales, incluyendo a una lyncheana secta de matones que atemoriza al promiscuo protagonista cubriéndose el rostro con dantescas máscaras de animales. Las majaderías crecen exponelcialmente a medida que se aproxima el grotesco desenlace del film. Para entonces ya estás de vuelta de todo y te lo pasas bomba, tanto que al final toda la sala hace, literalmente, ¡kaboom!
Cerré la primera jornada del festival con la francesa 8th Wonderland, una sorprendente, fresca e interesante película distópica rodada en más de diez idiomas en la que un país virtual formado por millones de internautas de todo el mundo decide poner solución a los problemas sociales a los que los gobiernos parecen no querer enfrentarse.
Tras una jornada inaugural no del todo convincente, la cosa ha ido bastante mejor hoy. Desayuné un plato fuerte: A woman, a gun and a noodle shop, el pintoresco remake chino de Sangre fácil dirigido por el afamado Zhang Yimou. A pesar de no resultar demasiado convincente a nivel de narración, esta versión tallarín-western de la ópera prima de los Coen es un suntuoso ejercicio estético, de notable plasticidad, tonalidad y dinamicidad. El director de Hero o La casa de las dagas voladoras demuestra una vez más su destreza como realizador con vistosas secuencias como el divertido prólogo en el que un comerciante persa negocia la venta de armas con los entusiasmados chinos, la impactante coreografía de la preparación de la masa de los tallarines o la espléndida lucha final.
Tuve una segunda ración de cine asiático con la hipnótica cinta japonesa Confessions, de Tetsuya Nakashima, un complejo thriller fragmentado en episodios en torno al asesinato de la hija de una profesora por parte de dos de sus alumnos. A pesar de mi escepticismo inicial (derivado de un primer episodio tan absurdo como descabellado), a medida que avanzaba la enmarañada y perturbada trama de esta iracunda historia de venganza me fui sumergiendo profunda y paulatinamente en su virtuoso y preciosista relato.
A continuación vi Life 2.0, un documental estadounidense que se adentra en el universo cibernético del fenómeno de masas Second Life. Su director, Jason Spingarn-Koff, se introduce en el popular metaverso creado por la compañía Linden Lab en 2003 para narrar la historia del conflicto de cuatro personas que ven cómo se difuminan los límites entre sus dos realidades: la de carne y hueso y la de su avatar en Second Life. Los protagonistas de este documental son una chica obesa que gana dinero desde su sótano como diseñadora de moda virtual, un hombre que se hace pasar por una niña en el mundo digital y una pareja que trata de trasladar a la vida real una historia de amor que hasta entonces sólo había existido en Second Life.
Por último, el punto y final a esta notable segunda jornada lo puso el asombroso thriller alemán The door, de Anno Saul, director de la exitosa Kebab Connection. Esta cinta narra la historia de un pintor que cae al abismo tras la accidental muerte de su pequeña hija y la separación de su mujer. Tras cinco años de calvario, el desconsolado hombre halla un misterioso túnel en el que una puerta secreta lo conduce al pasado al pasado, al instante previo a la muerte de su hija. Aunque en esta segunda ocasión el hombre logra salvar la vida de su pequeña, pronto comprobará las trascendentales consecuencias que encierra cada acto y el peligro que supone cambiar el futuro.
Aunque los universos paralelos y los viajes en el tiempo son un tema frecuente en el género fantástico, esta atractiva película alemana sabe explotar con gran acierto su mordaz tono tragicómico, haciendo gala de un incisivo sentido de la ironía y una notable pericia narrativa, a pesar de algunos excesos reprochables. Además, esta obra en la que abundan los buenos diálogos cuenta con un factor sorpresa: un hilarante y carismático personaje secundario que adquiere gran peso en el tramo final del film, haciendo las delicias del agradecido espectador.