sábado, 14 de agosto de 2010

MI REFUGIO / EL REFUGIO - Le refuge (2009) de François Ozon


EL INTIMISMO COMO REDENCIÓN

Julio C. Piñeiro


No es muy habitual que un cineasta estrene una película por año, por mucho que Woody Allen rompa cada otoño (este año, ya en verano) esa tendencia. Pero mucho menos habitual, es que un director presente dos películas diferentes un mismo año, si bien muchas veces el estreno comercial de alguna de ellas, al menos en España, se posponga al año siguiente. En esos casos, las dos películas suelen guardar entre sí más diferencias que similitudes, como le ocurrió recientemente a Clint Eastwood con El intercambio y Gran Torino, o a Spielberg con Minority Report y Atrápame si puedes en 2002.


Este es el caso de François Ozon y la película que nos ocupa, estrenada este viernes pero que empezó su andadura en el circuito de festivales el año pasado, alzándose con el Premio Especial del Jurado en Donosti. Se trata de un título rotundamente diferente al otro que el cineasta francés estrenó en 2009, Ricky, una comedia fantástica que no dejó a nadie indiferente: pequeña joya para algunos, disparate sin gracia para otros.

Mi refugio, en cambio, nos trae un relato intimista, casi bucólico, sobre la redención, las segundas oportunidades y el “retiro espiritual”, aunque de una manera nada relamida ni rancia. El minimalismo, el “menos es más”, es el principio regulador de esta película de personajes heridos, o simplemente, perdidos, desorientados. No es necesaria una introducción previa con la dialéctica inversa, la del exceso y el falso hedonismo, la que ha llevado a los personajes a esa situación, a necesitar ese cambio: aparece perfectamente resumida, englobada, con todos los matices que hacen falta, en esa chocante primera secuencia, a partir de la cual el film inicia un trayecto decidamente unidireccional.


Con la costa vasco-francesa como escenario, la película ofrece a sus protagonistas un viaje, no tanto redentor, como de autodescubrimiento, una experiencia iniciática para una nueva vida. No opta por el camino del melodrama llorón, ni por un pesimismo aplastante, sino por un agradable cuento de vacaciones, que por idílicas no necesariamente dejan de ser provechosas, y cambian, en el buen sentido, la concepción de la vida de dos seres ampliamente necesitados: una mujer que, en plena recuperación de su drogadicción, debe enfrentarse, por un lado, a la pérdida repentina de su pareja, con la cual ha compartido esa dialéctica destructiva que la ha llevado a esa situación, y por otro, al embarazo de ese mismo hombre que ya no está, como compromiso y riesgo, pero también como una oportunidad de un hombre que ha muerto; y un hombre que, tras la pérdida de su hermano, encuentra en la buena voluntad de ayudar a su cuñada su propia oportunidad, en este caso, de escapar, al menos por una temporada, de la vida de alta sociedad que el destino le ha deparado, y finalmente se da cuenta de que no sólo ella, y su futuro bebé, son los necesitados, sino que también él lo es, y por tanto, el apoyo y el soporte son recíprocos. Vemos que, en ambos casos, la muerte de la misma persona es un catalizador en sus vidas, y que al final, resulta paradójicamente positivo y constructivo.

Con una fotografía naturalista pero exquisita, el film rezuma dulzura por los cuatro costados, una dulzura contenida, nada empalagosa, y en sus justas dosis. El trabajo interpretativo está marcado por la obsesión de credibilidad y realismo del cineasta, que escogió a una actriz en avanzado estado de gestación, y así le permite llevar la interpretación a un segundo nivel. Un conjunto interesante y nada pretencioso con el que Ozon demuestra que se puede crear una película agradable, a la mente y a los sentidos, sin caer por ello en el escapismo y la ingenuidad.

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