lunes, 8 de marzo de 2010

EN TIERRA HOSTIL / VIVIR AL LÍMITE / ZONA DEL MIEDO - The hurt locker (2008) de Kathryn Bigelow


ADICTOS A LA GUERRA

Julio C. Piñeiro

“Callejeros: La Guerra de Irak” podría ser un buen título para esta interesante propuesta bélica, perteneciente a una tendencia naturalista de reciente eclosión, gracias a títulos como Redacted de Brian de Palma o la miniserie Generation kill, que tienen en el Golfo su escenario casi exclusivo hasta el momento.

Y es que para darle una vuelta de tuerca a la versión más pura del género, hacía falta desmarcarse de enfoques ya agotados, como el clásico épico-heroico (
Patton) y su réplica desmitificadora (Banderas de nuestros padres), el más puramente antibélico (Senderos de gloria), el melodramático de corte intimista (Cartas desde Iwo-Jima, La delgada línea roja), el tétrico-paranoico (Apocalypse now, La chaqueta metálica) o el hiperrealista (Stalingrado o el primer acto de Salvar al soldado Ryan).


Si bien este film se distancia de algún modo de la ‘tradición’ naturalista, en la medida en que no contiene aparentemente ninguna dimensión denunciante, aparte de no estar basada directamente en hecho reales, como aquellos citados ejemplos. Dibuja a unos personajes que no pertenecen a los clichés del soldado comprometido con la causa nacional, las descerebradas máquinas de matar o las víctimas de una feroz esquizofrenia producida por el acecho de la muerte y la convivencia con el horror.

Nuestros protagonistas se mueven con la frialdad y la cotidianidad que una realización de corte docu-reality nos trasmite, en una cuenta atrás hasta la rotación que los devuelva por fin a casa. Su claro cometido, desactivar explosivos, hace que el peligro, potencial o real, aceche a cada instante, en cada esquina de esa tierra destruida con clima desértico, un auténtico pueblo fantasma que la directora ha tomado prestado del western más místico.

Cada día, cada misión, es toda una partida a la ruleta rusa, una tirada de dados en que las posibilidades de fallar, y saltar todos por los aires, son elevadas. Sobre todo a raíz de la temeridad y la aparente insensatez del nuevo hombre al mando, el sargento James, el auténtico adicto a la guerra, la aventura de la muerte en cada misión, en cada desactivación. Ni su especial relación con el niño iraquí, ni el hecho de herir fortuitamente a un compañero lo apartan de la convicción definitiva de que la guerra es la única razón de ser de su existencia.

La directora hace uso de un buen tacto y salpica con dramatismo silencioso y cauto sólo algunos momentos puntuales, a la postre necesarios. Domina esa estética de reportaje televisivo in situ, con zooms cortos y abruptos, numerosos planos detalle con tembleque y un hilo musical muy sutil que se camufla en el sonido ambiente. Por otro lado, no puede resistir la tentación de volver a los códigos visuales del género en el que mejor se desenvuelve, la acción, pero sabe escoger los momentos más oportunos para utilizar ralentis que doten de expresividad a unos planos que la requieren, sin caer en el peligroso hiperrealismo, o esa secuencia final con música potente, que parece todo un inicio de esa una cinta de acción que podría ser la siguiente rotación del comando.

Si algo se le puede achacar es la irregularidad en el ritmo. Como cineasta de acción, realiza grandes secuencias pero no es tan brillante a la hora de dotar de ritmo al conjunto, el pegamento que une las piezas resulta algo espeso.

Con todo, estamos ante una doble consolidación: la de la tendencia naturalista en el género bélico, y la de Kathryn Bigelow, que sube un peldaño en su estatus de cineasta y se perfila como la directora más a tener en cuenta en el cine industrial contemporáneo, dando que hablar en géneros hasta ahora reservados a los hombres.

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