miércoles, 8 de septiembre de 2010

DOMINGOS EN SERIE - 05/09/2010


UN TOPO Y UN COMBATE

Julio C. Piñeiro


En esta semana, plantados por los vampiros más lascivos y la MILF más aventurera, la AMC no nos abandona y nos deleita por partida doble. Mad Men sigue empeñada en demostrarnos que su tercer Emmy consecutivo no es ni mucho menos regalado, y lo consigue, con creces, a través de un sensacional episodio en el que los diferentes elementos narrativos y argumentales se abrazan a la perfección, así como nos trae un soberbio tour de force entre sus dos personajes más carismáticos.

Mientras tanto, los nervios están a flor de piel en Rubicon. Parece que el avance de la megatrama principal ha echado un frenazo, pero la verdad es que este episodio, que adquiere forma procedimental, aparece repleto de pistas, indicios y secretos, a la par que lleva el estado de tensión de (y entre) todos y cada uno de sus personajes hasta picos todavía inalcanzados. Vamos, sin más dilación, con las reseñas.

Mad Men 4x07: The suitcase

Los responsables de esta serie nos han vuelto a dar una gran lección de guión. Los diferentes componentes de la estructura narrativa, los elementos del fondo argumental y la ambientación contextual se abrazan, complementan y condensan con una maestría sin igual. Las desventuras de Don y de Peggy se insertan hábilmente en esa estructura procedimental que nos aparece de vez en cuando en forma de campaña para la que hay que encontrar ideas. A su vez, esas tramas personales y ese hilo conductor profesional enriquecen del contexto histórico puntual en el que surgen. En este caso, la clase de historia se sitúa en todo un evento de la cultura popular americana que acabaría transcendiendo a la esfera social y política de un modo contundente: el segundo de aquellos dos míticos combates entre Muhammad Ali y Sonny Liston.

Se trata de un episodio céntrico de Peggy, que tiene su réplica, como no podría ser de otra manera, en Don Draper, su gran valedor en la agencia, con el que, por otra parte, ha mantenido no pocos enfrentamientos. Pero por otra parte, estamos ante un capítulo muy complejo y rico, condensado con gran perspicacia para que los diferentes elementos sean lo suficientemente significativos y al mismo tiempo quepan sin atropellarse en 45 minutos. En mayor o menor medida, se reabren o por lo menos se realizan notables referencias a varias tramas del pasado, aparentemente cerradas o que habían quedado en suspensión, con la consiguiente reaparición de los respectivos personajes. Así como líneas argumentales o eventos más recientes, como podemos comprobar a través de rasgos que nos remiten al episodio inmediatamente anterior. Ken Cosgrove aparece completamente integrado en la nueva agencia, de la que ahora también forma parte Danny, aquel inepto aspirante cuyo golpe de suerte (o carambola etílicamente motivada, como le queráis llamar) le abrió las puertas. Ahora forma un equipo bastante peculiar con el vacilón de Joey y el macarra de Rizzo, personajes igualmente introducidos en esta temporada: todo un “trío calavera” que de seguro nos traerá buenos momentos cómicos.

El tour de force emocional y competitivo entre Don y Peggy tiene lugar en la agencia, cuando ellos se quedan a trabajar en la presentación de Samsonite mientras que todo SCDP se va al combate del siglo (sobra decir que más por ganas de juerga que por afición). Ganas de juerga como las del putero y alcohólico de Sterling, que parece no divertirse lo suficiente si su discípulo aventajado no lo acompaña. Pero sucede además que Peggy está de cumpleaños y tiene a su novio, Mark, esperándola en un restaurante con una cena romántica. La ocasión se hace igualmente propicia para un breve y sarcástico encuentro con Trudy, en los baños de la agencia, justo antes de que todos marchen para el gran evento. Así, se felicitan mutuamente, por el aniversario y por el embarazo, y en esa hipócrita e inevitablemente forzada sonrisa de la señora de Campbell es imposible no intuir, de alguna manera, que esta parece conocer, aunque sea inconscientemente, el lío de faldas de su “ejemplar y fiel”marido con la “niña prodigio”.

Definitivamente, no es la noche de la señorita Olson. Cuánto antes intenta acabar, más negativo y quisquilloso se pone Don. Para más inri, su largo retraso provoca una serie de llamadas, progresivamente acaloradas, al restaurante donde le espera Mark junto a (¡sorpresa!) su retrógrada y dominadora familia al completo, de la que Peggy pretende saber lo menos posible, con Mamá Olson a la cabeza. La indignación mutua de la pareja se tensa hasta la ruptura, siempre por línea telefónica desde una vacía agencia. Entonces comienza el enfrentamiento directo y punzante con Draper, el recital de reproches, rajadas, desahogos y rencor, donde adquiere relevancia la fuerte irritación de ella ante la falta de reconocimiento por el anuncio que le valió el Clio a Draper, retomándose así, de manera mucho más explícita y contundente, la idea de la relatividad y banalidad de la autoría en el mundo de la publicidad, tratada ya en Waldorf stories. Peggy es muy fuerte, pero Don lo es mucho más, por lo que ella se acaba desmoronando.

El inmediato proceso de reconciliación comienza con un Draper que encuentra las cintas de Sterling (aquellas en las que lo vimos “escribir” sus memorias en el capítulo anterior), y se las pone a Peggy para que escuche la sarta de secretos mejor guardados y las mayores rajadas que el loco del pelo blanco suelta en relación a algunos de sus prójimos (especialmente el viejo Cooper), dándose de esta manera tan sucinta una pincelada más a su figura soez e infame. A esto le sigue una cena muy “terrestre”, en un restaurante que nada se parece a los lujosos parajes a los que esta serie nos tiene, y unas copas (por no variar) con las que Draper pretende compensar el cumpleaños de su empleada predilecta. Con un tono mucho más tenue, calmado y dialogado, su velada transcurre entre revelaciones mutuas de sus reservas más profundas, los intentos fallidos de lecciones de moralidad y la admiración, nada hipócrita, por el trabajo creativo y la minuciosidad del otro, que se resume en una grandiosa sentencia de la boca de Don, y reza algo así como: "Lo horrible y lo bueno están muy cerca, ya no puedo encontrar la diferencia".

Su vuelta a la agencia, esa misma noche, está marcada por un breve y fabuloso plano en el que vemos a Peggy cargar con un Don moradísimo y, delante de la puerta de los baños, duda entre llevarlo al de mujeres o al de hombres, una toma muy escueta en la que se resume mucho del espíritu de esta serie. Poco después irrumpe Duck Phillips (el mismo), en un estado todavía más ebrio y deplorable que como lo vimos la semana pasada en el Waldorf. En este mismo episodio, pudimos ver previamente como intentaba resurgir de sus cenizas y montar, sin éxito, una nueva agencia con Peggy, la misma que lo había despechado por lo que es: un alcohólico empedernido y un acabado. Su pelea de gallos con Don, que por poco no roza la comedia dantesca, se hace muy representativa (por ambos) de lo patético y deplorable a lo que puede llegar el hombre cuando se entrega a la destructiva merced del alcohol.

Una vez Duck está fuera de juego, llega la otra parte del cuento. Aunque Don es un profesional tenaz e incansable, y eso nadie lo duda, la auténtica razón por la que se quedó en la oficina en lugar de acudir al combate del siglo (cuya sorprendente e histórica resolución habían escuchado en la radio mientras estaban de copas), fue porque había recibido el recado de una llamada de Stephanie, y permaneció a la espera de confirmar la terrible noticia. El trabajo era una manera de soportar la angustia y la preocupación por lo que sabía que le iba a ocurrir tarde o temprano a Anna Draper, su única amiga auténtica. Poco antes decidirse a llamar a Stephanie, a quien despierta para corroborar lo inevitable, un Don somnoliento recibe una visita fantasmagórica de la difunta, que aparece precisamente con una maleta, el producto que tienen que vender, con el que se encamina hacia el más allá: hasta las visiones de muertos aportan ideas creativas, hay que ver. ¿O será una sutil comparación entre el consumo y el mundo de ultratumba, a modo de crítica mordaz?

Por primera vez, el incansable, pétreo e inquebrantable Don Draper, o Dick Whitman si preferís, se hunde y se desconsuela ante la adversidad, ante la pérdida de la única persona que realmente lo conocía, la única persona que lo quería y apreciaba por lo que era, y no por lo que aparentaba ser. Peggy, presente, acude a consolarlo, sabiendo que sólo ella en toda la agencia comprende a este hombre. Este momento maternal de la alumna con el maestro invierte la dialéctica casi paternalista que regía hasta ahora la relación entre ambos, no exenta de baches. Por algo le confesó Draper, en la pasada season finale, que si la trataba con dureza era porque la veía como la extensión de sí mismo.

Se hace de día. Entra la luz, y con ella la inspiración. En las portadas, aquella foto que inmortalizó a la leyenda: Ali mira en el suelo a un Liston al que acaba de noquear. Don encuentra por fin la idea perfecta para Samsonite. Mientras se lo cuenta a Peggy, la agarra de la mano. Los dos grandes personajes de esta serie, más unidos que nunca. Ahora sólo me surge una pregunta: ¿habrá algún manual de guión mejor que esto?


Rubicon 1x07: The Truth Will Out

Mientras que todos los que seguimos este entramado de conspiraciones no hacemos otra que querer saber más, ahora van los guionistas y echan un frenazo, ofreciéndonos un episodio prácticamente autoconclusivo. Pero no os equivoquéis, el resultado es más que satisfactorio. Porque, como siempre en esta serie, las apariencias engañan y mucho, y ahora más que nunca. Lo más admirable de todo es el mecanismo que han empleado, sobre el que pivota todo el episodio y probablemente buena parte de la serie. Un mecanismo implícito pero a la vez cómplice con el espectador, en forma de referencia al mismo tiempo extratextual y intratextual.

¿De qué estoy hablando? Que por primera vez conocemos, por el propio argumento, el apellido de Tanya: MacGaffin. No hace falta ser Will Travers (ni tener un doctorado en fonética) para intuir que muy probablemente se trate de un homenaje poco camuflado al recurso narrativo que tan famoso hizo Alfred Hitchcock, hasta el punto de convertirse casi en un broma recurrente, y que incluso tuvo el honor de bautizar: McGuffin. Por supuesto, no se trata de un guiño gratuito, ya que Rubicon ha utilizado ese mecanismo de forma bastante recurrente, y por fin, en el episodio que nos ocupa, se hace dominante. Hablo de esa falsa fórmula procedimental (casi siempre relacionada con el ámbito profesional de turno, y aquí no es excepción) con la que se tiene entretenidos a los investigadores del API (pero no a Will, claramente): el caso del terrorista u organización de turno que tuviesen que evaluar y tomar las arriesgadas decisiones al respecto. Ocupaciones que, hasta el momento, no interferían con la investigación principal.

Pues en este episodio, esa búsqueda de un topo, con todo un despliegue de federales ocupando el edificio del API, y la puesta en marcha de un polígrafo para interrogar a absolutamente todos, hace tambalear enseguida los cimientos de la búsqueda personal de Will, un gato al que la curiosidad ya lo ha empezado a amenazar en episodios anteriores. O al mismo tiempo, puede ser que este fuese el camino para empezar a destapar los trapos sucios ocultos en la cúpula de la institución, de cuyos superiores, tanto Spangler como Ingram, tenemos motivos de sobre para sospechar. Pero nada de eso: la revelación de la fuga, la filtración, resulta no tener nada que ver con la trama principal, pero por el camino se han dejado importantes indicios acerca de esta última.

Lo mejor de todo es que se trata de un McGuffin bien complejo, estratificado a diferentes niveles. A su vez, esa burda metedura de pata de Miles olvidando en un taxi un documento clasificado que no se podía sacar del edificio, o incluso esa supuesta “infidelidad de pensamiento” de Grant y el nerviosismo con el que reacciona ante ella, no son más que unos McGuffin con respecto a la trama episódica que en sí, a su vez, es un McGuffin en relación al desarrollo del relato serial. Y así podríamos seguir casi hasta el infinito, siempre dentro de esa dinámica de sospecha obsesiva y permanente tan propia de Rubicon.

Sospechamos hasta de la buena de Maggie, cuya mirada parece excesivamente asustada ante la amenaza del polígrafo, especialmente cuando le suelta a Will una desconcertante sentencia: "Everyone has secrets". Pero menos mal que todo se queda en la sospecha y el topo no era ella, sino, el “momento WTF” estaría cercano a aquel de la malograda FlashForward en el que sabemos que la buena de Janis es una infiltrada. Siguiendo con el juego de sospechas, como si una partida de Cluedo se tratase, no podemos evitar pensar en la enigmática Julia, aquella fan de The Legend of Zelda que ayudó a Miles con sus traducciones de urdu. La susodicha no aparece hasta el final, y no, no es el topo, pero sí podemos presupones que su participación no va a ser circunstancial.

Aunque el más apasionante McGuffin de todos, tan abstracto y simbólico que su naturaleza resulta todavía incierta, es aquella figurita de búho del despacho de Ingram, tan misteriosa como los ojos del animal que representan. Recordemos aquello que afirmaba el gigante de Twin Peaks: “los búhos no son lo que parecen”. Lo que sí parece es una especie de caja de Pandora, una pieza que no encaja en ningún puzzle y que puede ser la clave para una aceleración de los acontecimientos. Por más vueltas que le da, Will parece no encontrar, o no querer decirnos, la solución, el propósito de esa pieza escondida bajo la figurita.

Pero esa base, como buen McGuffin, puede ser solo la punta del iceberg. Se desatan varios hilos y la costura empieza a ceder. Todo empieza por la presencia de un posapapeles de Atlas McDowell en la mesa de Spangler: ya sabíamos que el gran jefe era parte del tinglado, pero ahora también confirmamos que forma parte de esa compañía que parece estar detrás del API. “¿Para quién trabajamos?”, retórica pregunta de Will a Ingram en el ascensor, poco después de la irrupción del FBI. El último se empieza a mosquear, pero poco después, se destapa el primero de sus faroles (porque han de ser unos cuantos): los federales confirman la completa ausencia de micros en su despacho tras examinarlo, y por extensión, podemos extenderlo a todas las estancias y pasillos de este particular think tank.

Sin embargo, la mayor pieza se mueve justo después, casi de manera accidental, cuando Will está siendo sometido al polígrafo. El examinador de turno, sabedor de su parentesco con David Hadas, habla en tono más distendido y coloquial antes de empezar el interrogatorio, dejando escapar que el fallecido fue investigado en su momento. La investigación de nuestro protagonista se encamina en esta dirección. Ni corto ni perezoso, aprovecha el turno de Spangler en el polígrafo para adentrarse en su oficina y buscar el archivo correspondiente. El hallazgo no puede ser más escalofriante: el propio Will aparece en muchas de las fotos que le tomaron a David cuando lo espiaban. Ingram lo coge in fraganti, tienen una fuerte discusión pero no transciende.

Lo peor es que Travers, habitualmente minucioso y ordenado, con tanta tensión acumulada se deja "la prueba del crimen", es decir, se olvida de volver a guardar el susodicho archivo en su sitio y lo deja, recién manoseado, en la mismísima cima de la pila de carpetas y papeles de la mesa del jefe. Más tarde, en una improvisada reunión en su despacho tras conocerse el topo (un analista financiero que traficaba con la información confidencial para su propio lucro), Spangler advierte la presencia de la carpeta de marras, pero, al menos en apariencia, no le da importancia.

El cliffhanger no podría llegar de mejor manera. Will escucha, en su casa, un CD que cogió en el archivo, que contiene la grabación de una conversación de David con su amigo Ed Bancroft, en la que el primero afirma que Spangler emplearía el código de los crucigramas del segundo para una operación no autorizada, y a continuación le ruega que mantenga a su yerno apartado del tinglado si este acude a él. Entonces Bancroft advierte del peligro que corre, ya que está siendo vigilado. Algo muy importante y trascendente está a punto de revelarse en esa grabación, cuando Will se fija de nuevo en su vecina de enfrente, cada vez más misteriosa, que le devuelve una sonrisa bastante natural mientras pinta un cuadro. Y entonces se hace la oscuridad, por fundido. ¿Alguien duda aún que esa enigmática mujer está en el ajo?

En un capítulo tan centrado en el API, la otra gran trama, la de los Rhumor, queda en un segundo plano, pero ni mucho menos se omite del todo. Katherine se esconde en el armario de su habitación cuando escucha que un grupo de gente irrumpe en su casa, en plena noche. Ni ella ni nosotros conseguimos ver nada. Ante su asombro, y el de la policía cuando viene a tomar parte de la correspondiente denuncia, los asaltantes no se llevaron absolutamente nada. No obstante, para seguir con la tradición, el secreto está en los detalles, en las nimieces. Así, mientras echa un vistazo a las fotos de la casa, detecta la extraña presencia de una chincheta en la base de una repisa. Como quien no quiere la cosa, la señora Rhumor, quizás harta de darle tantas vueltas a la cabeza, se deshace de las llaves de la casa y se marcha. Ahora bien, ¿no os huele al enésimo señor McGuffin bien plantado?

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